Gallera Bernal "Defensora acérrima de la creatividad / Creadora de Paradigmas visuales / Guardiana de la costa / …" Juanlu Carrasco

El Muelle | Walk on the wild side y Brumas de sal

MICRÓFONO ABIERTO POR JAVIER GALLEGOS DUEÑAS – COMPONENTE DE LA REVISTA LITERARIA VOLADAS PARA IMPRESIONES LITERARIAS: EL MUELLE

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JAVIER GALLEGOS DUEÑAS | WALK ON THE WIKD SIDE

Las luces de las pocas farolas del espigón del muelle comenzaron tímidamente a titilar. El atardecer todavía no estaba cumplido y había demasiada claridad en el ambiente para que se notara el amarillento resplandor de unas bombillas empañadas de salitre y humedad. Un ceremonioso desfilar de los últimos pescadores dejaba entre las sombras restos de redes, de algas y boyas deterioradas. Los más diligentes guardaban con cuidado en sus cuartitos los aparejos reparados, listos para la expedición del día siguiente. El muelle quedaba a oscuras. El vacío se llenó con el graznar de las gaviotas y el ruido de las olas mezclados con el penetrante olor de las algas.

Era sábado, pocas cosas quedaban pendientes por hacer. Dos municipales hacían acto de presencia en varias rondas para asegurarse de que nadie molestaba las barcas amarradas. No eran frecuentes, pero de vez en cuando algunas aparecían con desperfectos, más por gamberrismo que por hurto.

La noche se cerró casi sin luna. Tocaba cuarto creciente y su resplandor tintaba la débil luz de las farolas. Sólo los gatos habitaron el espigón en esta primera parte de la noche. De vez en cuando, solitarios matrimonios se asomaba a la oscuridad y se volvían como en una deshilachada procesión. Así fueron pasando las horas.

Una pandilla de adolescentes saltó hacia los bloques del rompeolas. Con aspecto de sospechosos, se colaron entre los pequeños resquicios que quedaban en el descuidado desorden de las masas de hormigón. Uno de ellos llevaba en las manos una revista enrollada. Otros dos encendieron torpemente un Winston americano. Creyéndose a salvo, hicieron un corro y, a la luz de una linterna miraban, con curiosidad y algo de extrañeza la revista, ya muy sobada de tantos sábados clandestinos. Se fueron pasando el cigarrillo que apuraron hasta casi quemarse las manos mientras se reían nerviosos, dueños de un mundo que no les pertenecía. Sonó una sirena a lo lejos y los chicos volvieron saltando entre los bloques, esquivando preservativos, botellas rotas y una jeringuilla, dejando la revista a la suerte de otros adolescentes que se atreviesen a pasar por las cuevas de hormigón.

A eso de las doce, un pequeño coche se internó en el muelle. Con la música suave no se escuchaban los susurros de los dos enamorados. Los cristales del auto se empañaron con la pasión de los besos y las caricias, interrumpidas por la oportuna aparición de otra pareja, esta vez, la de los municipales.

– Documentación, por favor –dijo una voz seca.

La indefensa pareja se recompuso como pudo y, con el rubor de la pasión y la vergüenza, atinaron a duras penas a ofrecer sus carnés.

– Aquí no pueden estacionar, circulen.

El municipal sonrió a su compañero, también con vergüenza, porque ambos sabían de sobra que no había ninguna norma que prohibiera que dos enamorados se entretejieran con pasión en un coche de segunda mano aparcando en el muelle. “Es que tampoco se puede convertir esto en un picadero”, era la orden que escuchaban aburridos, de vez en cuando, en la comisaría.

Mientras la luna iba alcanzando su cénit, por la parte de arriba del espigón, un grupo de cinco jóvenes llegó paseando y comentando en voz alta:

– Este pueblo está muerto, ni siquiera en verano hay nada de nada.

– No te quejes, que llevamos una semanita sin parar.

Visiblemente alterados por el alcohol, se sentaron mirando el mar abierto. Dos de ellos, chica y chico, se levantaron y se fueron lentamente alejando del grupo. Las manos parecían que iban a rozarse en cada paso pero ninguno se atrevió. Al llegar al final del muelle, donde el espigón terminaba en un pequeño faro, pararon a mirar la bahía. Realmente estaba muy guapa, y, vestida de negro, la penumbra realzaba su atractivo. Sin embargo, un halo de tristeza era reconocible en su rostro.
– ¿Te puedo preguntar algo muy personal? Normalmente eres una persona muy afectuosa, pero parece como si te sentara mal que te rozaran, incluso te pones de mal humor si te dicen algo bonito. Me da la impresión como si hubieras pasado por algo muy desagradable… un trauma o algo.

Ella retiró la vista, visiblemente afectada, con los ojos enrojecidos apenas pudo evitar las lágrimas.

– No me pasa nada. Estoy bien. No sé por qué lo dices.

– Lo siento, no debería haberte dicho nada.

Él la abrazó de la manera más tierna posible, disimulando el deseo que le invadía.

– Me gustaría tanto besarte…

– Esas cosas no se piden.

Los dos permanecieron juntos, él con el brazo sobre ella y mirando las luces del horizonte. El grupo que se quedó atrás miraba también la línea que separa el azul oscuro del mar tenebroso del azul iluminado por la luna. Imaginemos un cielo estrellado y un grupo de amigos tumbados en una madrugada de sábado en el momento en que se está pasando el efecto eufórico del alcohol.

– Algún día tendré que irme de aquí. Estoy pensando en América. No sé, quizás con Mathew.

– Lo que deberíamos hacer es irnos un fin de semana a la sierra. Yo sé cómo coger un autobús que nos deja a unos cinco kilómetros del pueblo. Es un poco pesado ir con las mochilas, pero se puede. Luego acampamos en un claro del bosque. Si vamos al final del verano podemos oír la berrea. Yo tengo una tienda de campaña grande que mis padres no usan. Lo mismo hay que airearla, pero creo que está bien. ¡Mira, mira! La luna tapada por una nube. ¡Alucinante!

– Una vez vi un eclipse de luna. Fue sólo un eclipse parcial, pero fue precioso. La luna estaba roja y muy grande. Estos son los momentos en los que piensas en el universo.
Siempre he imaginado que en algún sitio hay un mundo como el nuestro, pero al revés.

– ¿Con la cabeza abajo?

– No, idiota, que el que es guapo sea feo y el que es alto, bajo, el que es bueno aquí, allí es malo.

– A mí me gusta mirar las nubes por la noche. Es como si fuera un dibujo animado. Me da un vértigo…, como si me fuera a caer hacia el cielo.

– A mí sí me gustaría irme a ese mundo. Pero no siempre, me podría cambiar cuando meto la pata y volver para repetirlo. Cuando me paso de bueno y soy tonto. Me tiro al otro universo y me porto como un cabrón y me quedo a gusto.

– Ojalá pudiera uno borrar las cosas tan fácilmente.

Y calló recordando algo que le atormentaba desde pequeño. Esas peleas que vinieron luego, el desastre que había formado. Si lo hubiera imaginado, se hubiera quedado quietecito, sin moverse ni hablar. Uno nunca sabe las consecuencias de sus actos. No es que se hubiera sentido orgulloso. Nunca, sabía desde el principio que había actuado mal, pero no pudo adelantar las consecuencias tan desastrosas, el dolor tan persistente que había creado.

– El universo sabe que en el fondo da igual lo que hagamos o hayamos hecho. Él sigue girando y girando como esa nube que tapa la luna.

De repente los dos chicos se levantaron y comenzaron a correr por el filo del espigón.

– ¡Geronimoooooo!

Ella, sentada con los pies hacia los bloques de hormigón, los miraba aterrada. Todavía no se les había pasado el efecto de las cervezas y podían tropezar, caerse y matarse. Pero no, llegaron hasta el faro donde estaban los otros dos aún pegados, mirándose. Con el corazón en la boca por la carrera y casi sin aliento, tiraron de ellos por el brazo y volvieron corriendo, esta vez, por el centro del espigón.

– ¡Corriendo por el lado salvajeeee!

Los cinco jóvenes respiraron profundamente. La sensación de plenitud, de felicidad intensa, casi dolorosa, tuvo más que ver con encajar en el cosmos que con poseer nada. El universo no puede comprenderse, ¡no pienses! ¡Siente! Sintonizados, respirando un mismo aire, confluyendo, entre ellos y con el universo. Y ya daba igual el suelo duro en el que se tumbaron mirando las estrellas. Soñaron en voz alta con salir, con escapar, con conocer tierras extrañas. Lloraron juntos por las tristezas pasadas, por los traumas de no hace tanto tiempo. Disfrutaron felices de haber creado una burbuja, alejada del mundo, pero muy real: su lugar en el cosmos. Un lugar en un instante, que se explotó como las pompas de jabón. Dio lo mismo que cada uno fuera a tirar por la mañana a sitios distintos. Dio igual que la rutina les alcanzara cuando llegó el mediodía. Han sido felices. Los pechos se hinchieron de felicidad porque se sintieron juntos, porque se atrevieron a soñar el mismo sueño, que nunca cumplieron, quedó entre las brumas del relente de la noche, camino a casa, con los pies pesados y el cuerpo cansado de realidad.

 

STEREOVAC | PERFORMANCE BRUMAS DE SAL

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BRUMAS DE SAL

La vieja farola comienza a brillar,

El atardecer resta su claridad.

Las redes y boyas descansan del mar,

Las gaviotas dejan de volar.

 

La noche se cierra, se calma la mar

Los gatos desfilan, las horas se van.

Parejas se funden en un vendaval

De besos envueltos en sal

Uh, uh, olas del mar

Bailan al ritmo del vals

Uh, uh, brumas de sal

Recuerdos que no volverán

 

Se encienden cigarros, se oye gritar,

Se rompen botellas que caen al mar

Se tejen los sueños, o  se dejan pasar

Sabiendo que no hay vuelta atrás

 

La luna se eleva, se aleja aún más

Las almas gemelas a casa se van

Se queda el recuerdo, soñando escapar

De toda triste realidad

Uh, uh, olas del mar

Bailan al ritmo del vals

Uh, uh, brumas de sal

Recuerdos que no volverán

Performance “Brumas de sal” sobre el texto de Javier Gallego Dueñas “Walk on the Wild Side”

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